lunes, 25 de junio de 2012

Avi Mograbi - Z32 (2008)


Claudia Bacci y Mario Cámara |

Z32 (Israel, Francia, 2008): Director: Avi Mograbi. Duración 81 minutos.
La última película del director israelí Avi Mograbi retrata el testimonio de un ex-soldado israelí que en una misión de venganza mató a dos palestinos. Esa, suscintamente, es la historia de la película. Z32 comienza con el propio Mograbi hablando a cámara en el comedor de su casa. Ese espacio resulta ya familiar para quien ha presenciado alguno de sus otros documentales. Allí, Mograbi intenta una primera puesta en escena del relato con su rostro cubierto con una media, interpretando el parlamento del ex-soldado que luego aparecerá en el film.
No sabemos muy bien de qué trata el parlamento. La narración, lejos de ser fluida, se interrumpe de modo constante. La media en la cabeza no lo deja respirar y decide hacer un recorte en la zona que cubre la nariz, luego en la zona de su boca. También tiene problemas con la imposibilidad de ver, y entonces recorta la máscara-media en la zona de sus ojos. La escena muestra así la imposibilidad de que ese relato sea mediado por la mínima estética que la instancia del documental supone. Hay un cuadro, luces, al menos una idea de relato, un fondo. Las dificultades de esa inicial narración funcionan como una cifra del film, puesto que de lo que trata Z32 es de la (im)posibilidad de representar la narración del crimen cometido.
“Z32” es también el nombre cifrado del expediente del joven ex-soldado en una organización que se ocupa de denunciar los crímenes de guerra cometidos en el marco del conflicto palestino-israelí. Como el mismo Mograbi sugiere en una entrevista realizada en Buenos Aires en 2008, la letra y el número suponen una serie discreta de otros expedientes, es decir, de otros casos de crímenes de guerra.
Desde ese inicio, Mograbi estructura su film en tres espacios y tres temporalidades diferentes y entremezcladas. El comedor, locus afectivo, escenario de dudas y cuestionamientos familiares sobre el oficio de filmar, o mejor sobre qué es lo que debe ser filmado. Allí, Mograbi ingresara primero a un pianista y luego a toda una orquesta con la que se hará acompañar en una reflexión cantada, un desafinado coro griego que de modo constante se repregunta sobre la condición ética de darle voz e imagen a un ex-soldado asesino de palestinos. Y sin embargo, ésta “es la historia de un soldado formado para ser el mejor”, cantan a coro en el comedor, la historia de un joven alguna vez idealista y “de izquierdas” que acepta formar parte de un grupo militar de elite en Israel. De un modo casi brechtiano, ese espacio íntimo habilita un diálogo directo con el espectador del film. Asistimos, no sólo a las dudas de Mograbi, no sólo a la construcción de un metatexto sobre el film al que estamos asistiendo, sino a un procedimiento que, por su carácter intencionadamente disonante y hasta grotesco, nos obliga a establecer una distancia con la materia narrada.
En segundo lugar, el documental sigue la búsqueda, de la que participa el ex-soldado y el propio Mograbi, del poblado en donde una noche “Z32” mató a dos palestinos, siguiendo órdenes de sus superiores en una misión de venganza por la muerte de soldados israelíes en un atentado. A bordo de un auto, recorren juntos una ruta solitaria y también recuperan una memoria esquiva, que de repente, casi de un modo involuntario emerge frente a un muro. “Es aquí”, señala el ex-soldado. Lo que sigue es el contrapunto entre esa mirada del presente y el relato de la memoria. Y es también el relato sin atenuantes de una experiencia. No hay en las palabras de Z32 ningún distanciamiento ni ninguna justificación. Por el contrario, se trata de una recuperación vívida de la sensación, excitante y cargada de adrenalina, tal como la define el protagonista, de aquella noche en que, junto a otros compañeros, mató a dos palestinos. Y revive las corridas, los tropiezos y los disparos. Los muertos.
Finalmente, el tercer espacio es el de la casa del propio ex-soldado, la escena que él mismo arma para filmar el diálogo entre él y su novia con la cámara de Mograbi. Aquí la escena comienza in media res y el discurso del ex-soldado ya no consiste simplemente en narrar lo sucedido, sino en tratar de encontrar una explicación de por qué sucedió aquello y (quizás) la comprensión y el perdón de su novia.
Desde el punto de vista formal, el fragmento filmado por el propio ex-soldado, se muestra con toda la impericia que ello implica: fuera de foco, desencuadres, escenas malogradas. En este espacio, éste le pide a su novia dos cosas: que lo entienda y luego que lo perdone. “Contame mi historia”, le dice, esperando que se ponga en su lugar relatando o interpretando lo que él le ha contado. “Para la mujer y los hijos de ese hombre vos sos un asesino” dice ella. “¿Y para vos?”, arriesga él. La joven evade una respuesta. Lo sabe, pero no puede decirlo. El soldado también sabe, lo dice, que podría ser detenido en cualquier lugar del mundo. Tiene miedo de que lo reconozcan en la calle, que lo maten. De esta manera, este tercer espacio progresa hacia un desenlace abierto en el que el diálogo virtualmente se interrumpe cuando ella no puede y no quiere ponerse en el lugar del novio y le pide que detenga la cámara.
La temporalidad de este tercer espacio, a diferencia de las otras que parecen haber seguido una progresión,  es recursiva y traumática puesto que el ex-soldado retorna una y otra vez a la situación del asesinato. Gira en torno a ese vórtice de su vida que parece querer devorarse todo en él. Asimismo, la totalidad del documental puede ser pensado como la sucesión interrumpida, como la articulación balbuceante, fragmentaria pero también ordenada por esa cuasi-pluralidad de puntos de vista, de lo que sucedió aquella noche en que ese ex-soldado mató a dos palestinos.
Por otra parte, en ese tercer espacio aparece la escucha del otro, la capacidad o la incapacidad de entender y/o perdonar. Una vez más, la novia del ex-soldado permite que pensemos en Mograbi en cuanto director de ese film y en nosotros como espectadores de ese relato. Las sucesivas narraciones del ex-soldado, todas ellas idénticas y aún así dislocadas, también nos interpelan a nosotros en tanto espectadores. El film parece dividirse entre la negación absoluta de la mujer de Mograbi, que aparece al comienzo del film y en sucesivas referencias del director, las dudas del propio Mograbi, que a pesar de todo filma, y el intento fallido de comprensión de la novia del ex-soldado.
El film expone también tres formas de dar la voz y de mostrar el rostro de un criminal. Es la voz del propio ex-soldado que dice cómo fue, qué sentía, cómo corría y cómo apretó el gatillo. Está la voz de Mograbi, que no puede decir, que se ahoga y canta ¿el juicio de la historia? Está la voz de la novia, impostada representación del joven soldado, de los modos militares de ordenar, de darse aliento. Y está el silencio de las víctimas. Los rostros son todo un desafío, porque el soldado tiene miedo (y tiene razón en tenerlo) y no quiere mostrar su rostro, apenas el número de su legajo criminal. Z32. Y además ¿cómo dar rostro a un asesino? ¿Soportaríamos verlo hablar de lo que ha hecho? ¿Queremos saber que es nuestro vecino, ese joven tan atento? Mograbi (y su esposa) saben esto. No queremos verlo, apenas escucharlo pedir perdón. Los rostros enmascarados del ex-soldado y su novia inundan la pantalla, borroneados digitalmente primero, y luego con una máscara digitalizada que oculta las facciones pero expone su artilugio. Incluso se trata de darle forma más humana, y la máscara se puebla de cejas y dimensiones reales. Hasta allí llegamos. Falta apenas un paso más para correr la máscara y verlo. Mograbi detiene allí su indagación.

FILMOGRAFIA de AVI MOGRABI: Cómo aprendí a vencer el miedo y a amar a Arik Sharon(1997), Feliz cumpleaños Sr. Mograbi (1998), Agosto, antes de la explosión (2001), Venganza por uno de mis dos ojos (2005) y Z32 (2008)
FA 4780

Agustí Villaronga - Tras el cristal (1986)



En una serie de reflexiones sobre el mal en el cine no puede faltar la película Tras el cristal (1986) de Agustí Villaronga, el film más audaz del cine español. Como reza el letrero de uno de los Desastres de la guerra de Goya, que muestra a una muchedumbre a punto de ser fusilada, "no se puede mirar".
En Tras el cristal no se puede mirar la primera escena, donde el nazi Klaus, ex médico de un campo de exterminio, inflige torturas y prodiga caricias a un niño colgado, ni la que muestra al joven Ángelo asesinando a otro pequeño con una inyección de gasolina delante de la cámara. Y sin embargo, miramos.

Lo que vemos nos horroriza, aunque sepamos que es una representación. De hecho, esta película, la primera de Villaronga, horrorizó más de lo que él mismo había previsto. No esperaba tanto escándalo ni tanta hipocresía, pero lo cierto es que el público vio más la sombra de la cruz gamada que el escudo de armas de Gilles de Rais, y más niños reales y sufrientes que metafóricas víctimas sadianas.
En el festival de Berlín de 1986, el cineasta cayó en la cuenta del poder de su manejo de los espejismos del mal al oír gritos en la sala de proyección, y cuando un espectador le insultó y estuvo a punto de agredirle, según refiere él mismo (2). A partir de entonces le ha rodeado un aura de malditismo y perversión.

Estas cualidades siniestras que han configurado su personalidad como creador, son saludadas ahora con benevolencia por la crítica cuando se ocupa de su última película, Aro Tobulkhin (2002), porque en otro sistema, en otro género y en un modo de representación posmoderno, en el que se mezclan los registros, los medios y las voces, parece que Villaronga está actuando con más legitimidad que cuando manejaba el mal desnudo o revestido con ciertos rasgos góticos y neblinas azufradas (99.9, 1997), aunque en realidad su universo creativo sigue siendo el mismo: un cine de la crueldad.
Agustí Villaronga salió a la palestra exhibiendo sin falso pudor una mirada y una cámara sadianas, como había hecho antes Iván Zulueta con su cámara vampira (Arrebato, 1979), y como haría Angel García del Val con su breve cámara necrófila (Cada ver es, 1981). De los tres amantes de la oscuridad, sólo Villaronga superó el reto de hacer más de dos películas personales para el cine y estrenarlas en condiciones comerciales.
Tras el cristal es una película plenamente de autor, con guión y dirección de Villaronga, sin una base literaria preexistente, salvo bibliografía sobre los campos de concentración. Con ella, el cineasta se introduce de lleno en el territorio del mal desde la primera secuencia, que constituye el prólogo. Utilizará comúnmente esta estructura como la que más conviene a su manera de ver el mundo, un mundo en el que todo lo reprimido vuelve, y vuelve convertido en monstruo. A partir de los prólogos, Villaronga cuenta sus historias como desarrollo de un núcleo que contiene latentes las estructuras del destino o del deseo.
La película comienza con el detalle de un ojo oscuro que parpadea: el ojo de la víctima (en realidad el del director). En el plano siguiente, vemos un ojo mecánico, el de una cámara fotográfica: el del verdugo. El tercer plano vuelve a la víctima con un detalle de sus pies elevados del suelo. Sigue una serie de primeros planos alternados del verdugo con su cámara y su deseo, y el niño -ahora ya sí lo vemos- desnudo y colgado cruelmente por los brazos como un pequeño San Sebastián. Pone fin al idilio sádico un incómodo beso torcido, sucio de sangre y sudor, y un acto de una brutalidad tal que el espectador se siente agredido: el hombre descarga un tremendo golpe sobre el cuerpo inerme de la víctima con un listón de madera. Los pies del niño se mueven espasmódicamente.
Pero hay un tercer ojo. Alguien ha estado espiando la escena por el tragaluz del sótano. Vemos su mirada. Luego veremos sus manos apoderándose de un cuaderno con fotos, mientras el verdugo, perdido en su goce o ahíto, o desesperado, sube tambaleándose las escaleras de caracol que conducen a la terraza. Un fantástico plano arquitectónico de la escalera en contrapicado lo contiene como una trampa y expresa su situación anímica. Mira al suelo desde lo alto, vacila. No sabemos si cae o se arroja al vacío. Una foto suya con un niño llena el encuadre. Título: Tras el cristal. A los sones de una canción alemana, van pasando fotos de los campos de concentración, algunas de víctimas infantiles pero no todas, mientras corren los títulos de crédito.

Tras este prólogo, sabremos enseguida que el hombre, Klaus (Günter Meisner), un refugiado nazi, ha sufrido una grave caída -la anterior caída desde la terraza-, y está vivo gracias a un pulmón de acero que su mujer ha traído de Alemania. Hace ocho años que viven en España, en una espléndida y oscura casa de campo, él, su mujer Griselda (Marisa Paredes) y su hija Rena (Gisela Echevarría). Lo sabemos porque lo dice la voz en off de Griselda, que escribe una carta a su familia pidiendo ayuda. Quiere que le envíen una enfermera alemana, porque ella sola no puede cuidar al enfermo.
A estas alturas, el sonido de la máquina, estupendo artefacto que combina en su aspecto el féretro, la cápsula espacial y la vaina de un insecto, dotada de un fuelle inquietante, llega a hacerse obsesivo. Se trata de un ruido que cobrará importancia dramática en el transcurso del relato, sobre todo en los momentos en que cesa, ya que entonces la vida de Klaus está en peligro. Klaus, cuerpo dependiente de su vaina de acero y cristal, que respira por él, sólo es dueño de su cabeza, y aun ésta se halla en proceso de cambio, ya que reniega de su pasado o al menos no desea repetir los horrores que cometió con los niños prisioneros siendo médico de un campo de exterminio.
En el ambiente aparentemente sereno de la casa habitada por el ya aplacado ogro pedófilo, y por la mujer histérica y la niña plácida pero tal vez progresivamente loca, irrumpe Angelo (David Sust), joven bien parecido, moreno y de expresión perpetuamente enfurruñada, con algo turbio en la mirada. Sust no es actor de cine ni habla con soltura, pero arropado por Meisner, Marisa Paredes -extraordinaria en su papel de alemana dura y aterrada-, y la niña Echevarría, lenta y difícil de dirigir pero cuyo resultado en la pantalla es notable-, sale adelante. Se ofrece como enfermero. A ella no le gusta. Sospecha de él desde el principio, pero Klaus lo acepta tras una charla reservada, en off. El espectador supone que el joven tiene algo que ver con los crímenes del nazi, algo tan grave que ha servido para chantajearle. Más tarde lo sabremos por boca del mismo muchacho: fue él quien se encargó, tras el accidente, de esconder el cuerpo del niño muerto en el sótano de la casa.
La primera noche, Angelo abre la máquina para hacer a Klaus la respiración artificial y una fellatio in extremis que casi acaba con el enfermo. Son los prolegómenos de un juego de dominación desigual, ya que el hombre no puede moverse y está en manos del muchacho, como lo estaban los niños en las suyas. Además, la máquina es extrañamente frágil a pesar de su aparatosidad. Su funcionamiento depende únicamente de una toma de corriente. Se enchufa y se desenchufa como una lavadora. Klaus se queda sin respiración asistida demasiadas veces: Griselda lo desconecta por accidente y tarda mucho en conectarlo de nuevo. Más tarde, vestida con una bata de seda roja espectacular, manipula los plomos del edificio y casi asfixia de nuevo a su marido. Parece como si la semi-vida del hombre dependiera de impulsos de quienes están a su alrededor.
Mientras Angelo afeita al enfermo, le dice que puede hacer muchas cosas por él, como "explicarle películas" (sic) y contarle sus paseos por el campo. "Hoy hace buen día", dice mientras se acerca a la ventana. En el contraplano no vemos un paisaje soleado, sino sólo una mosca sobre el cristal oscurecido. Pero Angelo inventa todo un cuadro. El de su propio trauma: un hombre de negro con gafas oscuras ofrece a un niño un cigarrillo y ambos se van de la mano, como amigos. Klaus no reacciona a las palabras del joven. Esa escena no le dice nada. No le pertenece o la ha olvidado. Angelo tampoco la reivindica como suya, sino como cuadro casual enmarcado por la ventana. La mosca aparece otra vez. La mosca de la putrefacción, yendo y viniendo sobre la corrupción que Angelo lleva dentro, dice sin palabras la puesta en escena.
Angelo lee a Klaus los atroces escritos del propio nazi sobre matanzas de niños en el campo de concentración donde ejerció la depravada medicina del exterminio. El muchacho lee llorando, al parecer por compasión hacia las víctimas, pero no tarda en excitarse. "Yo podría hacer por ti lo que tú no puedes", dice al enfermo. "Quiero ser como tú, ser lo que tú has sido...". La respuesta de Klaus es un tajante: "No". No quiere delegar ni seguir matando. No sabemos si está arrepentido o simplemente harto. Ha llegado quizá a la ataraxia de los libertinos. Luego, Angelo se quita la ropa y recita desnudo frente a Klaus el texto del manuscrito que ya conocemos, mientras se masturba y eyacula sobre la cara del enfermo, escena elegantemente resuelta pero que sobresalta al espectador por su franqueza. El alemán parece insensible a las maniobras eróticas del muchacho. Como un muerto viviente o como si ya sólo tuviera vida en la cabeza que sobresale de la máquina, se muestra desganado y escéptico, aunque no arrepentido.

Enseguida la muerte forma parte de los juegos. Tras una larga persecución por la casa, que pone en evidencia la precoz maestría de Villaronga para narrar en continuidad, Angelo ahorca a Griselda en el hueco de la escalera y arroja sobre su cuerpo una espectacular cortina roja con un ademán de matador. Luego lleva el cadáver a la habitación del enfermo y lo coloca sobre la máquina, donde lo deja toda la noche. Al día siguiente despide a la asistenta y queda solo con Klaus y Rena. Rena está cada vez más fascinada por Angelo. Ambos se quieren de un modo fraternal, como iguales. No hay, al parecer, nada mórbido en su relación. La niña no presencia las fechorías de su amigo, se limita a encubrir algunas, como la muerte de su madre, sin tener conciencia cabal de ellas.
Para ilustrar las historias narradas por Klaus en sus escritos sobre su intervención en las matanzas de niños, a quienes inyectaba gasolina en el corazón, Angelo trae a la casa a un pequeño campesino, al que seduce en el campo como él fue seducido por Klaus. La mezcla de cotidianidad en el tratamiento doméstico de los niños en la cocina y el horror que va a desarrollarse en la habitación de la máquina, es magistral y produce un fuerte impacto, precisamente porque no estamos en un campo de concentración nazi sino en una casona de campo en el Mediterráneo, en plena y luminosa paz aparente. Pero la verdad es que nos hallamos más bien en el interior del monstruo, ahora ya bicéfalo o doble, asistiendo a su teatro infernal de recuerdos y representaciones.
Angelo aleja a Rena ordenándole ir a recoger erizos a la playa, y somete al pequeño al tratamiento aplicado por Klaus en el campo para deshacerse rápidamente de los niños enfermos. Angelo toma gasolina del motor de la máquina y una jeringuilla del siniestro maletín del verdugo. El niño tarda en morir. Su agonía es una escena atroz de la que no se nos hurta nada, ni la entrada de la aguja cerca de la tetilla en un plano detalle realizado con una prótesis, ni los espasmos de la muerte. Todo "in", tan intenso que constituye uno de los puntos "escandalosos" de la película. Angelo dice: "Yo, Klaus, amo la muerte". Se ha identificado totalmente con su iniciador, con un verdugo que no desea seguir siéndolo. A partir de aquí, Klaus sabe que está siendo abandonado por Angelo y por Rena. Se siente descuidado, sucio y asqueado.
Esta secuencia es responsable de las más duras críticas a la película, por su crueldad pretendidamente innecesaria, y por ser la víctima un niño. El espanto de la víctima y la fría crueldad de verdugo se ponen en escena de un modo libre y valeroso, que no ha dejado indiferente a nadie. Por otra parte, hay consenso en considerarlo uno de los momentos más impactantes del cine español.
Villaronga ha explicado en algunas entrevistas que logró la representación del pequeño a base de jugar a fingir dolores de vientre y la muerte de un pez. Y la productora se vio obligada a advertir en un rótulo al final que ningún niño se había visto en tesituras que pudieran perjudicarle moralmente. No hay nada parecido en ninguna otra película comercial de finales de los años sesenta en adelante, ni siquiera en los momentos más desinhibidos del cine europeo de los años setenta, a no ser, en otro sentido, en Sweet Movie de Dusan Makavejev (1974).
Otro texto de Klaus, escrito mientras fue médico en el campo de exterminio, inspira una nueva travesura macabra de Angelo. El escrito versa sobre la atracción que ejercía sobre él el canto de los victimas y cómo hizo aprender a una de ellas un aria que le gustaba especialmente para que la cantara mientras moría.
Angelo, influido por este refinamiento de la crueldad, sigue a un colegial, lo rapta y lo conduce a la casa para hacerle cantar delante de Klaus. El actor que encarna al chico, algo mayor que el anterior y familiarizado por motivos familiares con el ambiente de los rodajes, actúa a sabiendas del sentido de la escena y lo hace magníficamente. Su interpretación del miedo y del pudor ante los requerimientos de Angelo es notable, así como su manera de abordar la difícil simultaneidad del horror y el canto. En esta muerte lo siniestro no es la obscenidad como en la anterior, sino los prolegómenos. La canción repetida una y otra vez es más terrorífica que la sangre que brota a chorros de la garganta rebanada.

Las muertes de los muchachos marcan el final de la historia de la conversión de la víctima en verdugo. Angelo ya es Klaus. Se pone su abrigo oscuro, el que lleva Klaus en la foto. El hombre de la máquina, ha quedado reducido a un residuo que debe desaparecer para que la nueva criatura, brillante y joven, ocupe su lugar. Mientras Angelo desconecta la máquina y deja que Klaus se asfixie, enseña al moribundo la foto del comienzo del film, que muestra al propio Klaus con un niño de la mano. La foto se convierte en escena: la misma que el muchacho describió como vista por la ventana, pero más larga. En ella el hombre no sólo pasea con el niño, sino que le obliga a practicarle una fellatio.
Tras el cristal trata de la depravación de los niños y la conversión de las víctimas en jugadores del juego perverso y vencedores de sus verdugos castrados, a quienes están condenados a reemplazar, y así hasta la eternidad. Es una visión oscura y pesimista del juego universal de la víctima y el verdugo, referido vagamente al tema de los campos de concentración nazis, donde tanta rienda suelta pudo darse a la brutalidad de los guardianes y a la humillación de los presos.
Pero Villaronga siempre va más allá, hacia las fuentes del Mal. Y en este caso, cuando el Mal ha intentado suicidarse, cuando podría emprender un camino nuevo -el camino del castrado-, surge un revenant. No un discípulo, sino alguien que viene del pasado. El pasado vuelve y no permite que el Mal se abisme en sí mismo en su tubo de metal y cristal. La víctima llega para castigar, y también para aprender, para vampirizar, para tomar el testigo del Mal y seguir la tradición.
La figura del joven Angelo es enigmática. Angelo no viene a vengarse. Viene a que el oscuro maestro le enseñe los misterios del goce, del que fue testigo en el prólogo de la película, cuando vio a Klaus maltratar a aquel joven colgado por los brazos y apaleado, y aún más atrás, cuando él mismo fue obligado a servir de instrumento inocente de los deseos del hombre.
Tras el cristal, a pesar o gracias a su terribilità y su atrevido tratamiento de temas tabú como la homosexualidad, la pedofilia y la tortura de niños, ofrecidos en un relato de gran belleza, elegancia formal y ambigüedad moral, tuvo una buena acogida por parte de la crítica, que vio en él una promesa sugestiva, como se había visto en Arrebato de Iván Zulueta. Con Tras el cristal, Villaronga apareció como autor, como creador de un mundo que sólo se movía con los códigos del fantástico clásico de manera tangencial y a nivel de puro guión, mientras que su aportación reside en la creación de lo siniestro en un relato de crueldad sin límites, donde los verdugos y las víctimas participan del goce y donde la venganza se confunde con la entrega (3).
Villaronga habla con libertad y valentía no sólo de la crueldad y de la relación entre el verdugo y la víctima, sino de la transmisión del Mal como si se tratara de una enfermedad. En esta película no hay culpables e inocentes. Todos son culpables. El joven Angelo, de nombre revelador, no es un ángel de la venganza, sino un ángel del mal, alguien que empezó siendo víctima y luego quiso experimentar el goce del verdugo a toda costa.
Cuando la casa se ha vuelto definitivamente en un matadero y un grotesco campo de concentración en el que no se ahorra alambre espinoso, Angelo persigue a la hija de Klaus, Rena, para que no lo delate, pero no la maltrata. Se ha erigido en su protector e incluso le dice que es su padre: un indicio más de la metamorfosis que está sufriendo y que le convertirá imaginariamente en Klaus. Ella siempre le ha querido, desde el comienzo, con un amor ambiguo y leal; ni siquiera se ha dado por enterada del asesinato de su madre, a quien por otra parte no la unían, al parecer, lazos muy estrechos. En la recta final, metafórica ya sin contemplaciones, la muchacha cambia de peinado, hacia atrás muy tirante, como un chico. Angelo se ha introducido en la máquina tras librarse de Klaus. Rena cabalga la máquina y hace ademán de quitarse el jersey mirando a Angelo.
Un plano azul y húmedo, con el suelo encharcado y una iluminación irreal, pone punto final a la película, dejando a los nuevos integrantes de la pareja sadomasoquista encerrados en una especie de bola de cristal que refuerza el carácter de fábula de la historia a cuyo despliegue hemos asistido. Una víctima, Angelo, en lugar de rebelarse, de mostrar oposición, se convierte en verdugo y se encierra con una nueva víctima tras el cristal de una bola que les separará del mundo hasta que la niña ocupe su puesto y así hasta el infinito.
La progresión no es, sin embargo, matemática. Rena ocupa el lugar de la aprendiza fascinada pero no es una víctima, incluso ha tratado de sacudirse las cadenas de la fascinación de Angelo y de salvar a su padre. La contaminación del mal no se produce de una manera mecánica y semejante en las distintas generaciones. Del campo de concentración se va pasado paulatinamente a la pareja que se quiere y consiente el juego, con lo que la filosofía de la película resulta aun más trasgresora. El resto de las películas de Agustí Villaronga presenta, más o menos, estas características. Una fantástica oscuridad, unos amores mortales y, en definitiva, un interrogante sobre el Mal que hace de su cine mucho más que un espectáculo.
FA 4779

Fridrik Thor Fridriksson - Mamma Gógó (2010)


Esta película se pudo ver en la Sección EFA del Sevilla Festival de Cine Europeo 2010 (SEFF’10).


El mal de Alzheimer es una enfermedad relativamente nueva, al menos en la devastadora incidencia que actualmente tiene. En cine se ha tocado (aún) poco, aunque con toda seguridad será un tema recurrente en el futuro, a la vista de la fuerza con la que la enfermedad prende, sobre todo en los ancianos, y los problemas familiares y sociales que acarrea.


El veterano director islandés Fridrik Thor Fridriksson, de dilatada carrera en su faceta de realizador, pero también productor, guionista y ocasional actor, afronta directamente el mal de Alzheimer en este doliente drama sobre un director de cine (lo que confiere ribetes veladamente autobiográficos a la historia) cuya madre empieza a presentar síntomas de padecer la terrible enfermedad. La forma en la que el protagonista y su familia se enfrenta a esta nueva situación, así como las consecuencias en la madre (pérdida de memoria, mal humor, deseo permanente de marcharse de los sitios) forman el nudo del filme.


Aunque es cierto que el tema es candente y lacerante, no está Fridriksson especialmente inspirado en la plasmación del asunto. Se van sucediendo los episodios de la enfermedad, como una escalera cuyos peldaños se fueran bajando sin opción a poder volver a subirlos, pero sin aportar una visión específicamente cinematográfica. Lo que hay es un guión ilustrado en imágenes, no hay auténtica creación fílmica.


Así las cosas, las buenas intenciones (todas) de reflejar un grave problema social actual se convierte en una mediocre película, donde apenas si se cita otro de los temas recurrentes en la Islandia actual, la ruina económica que ha traído la crisis desatada a partir de finales de 2007, una crisis que ha sumido al país en la bancarrota, y que aquí apenas si es un velado paisaje de la historia, una anécdota para poner algún palo más en la rueda del torturado protagonista.


Un final lamentable, como de (mala) novela del realismo mágico, no ayuda precisamente a mejorar la impresión sobre esta película tan bienintencionada como evidentemente alicorta.
FA 4778

Alexei Balabanov - Brat (1997)


Con acierto el 10º Bafici ha incluido en su programación una retrospectiva al notable y joven cineasta ruso Alexei Balabanov, fundamental en la renovación de una cinematografía de lejana y prestigiosa historia.

Bien puede decirse que, en gran medida, el cine del ruso Alexei Balabanov es la mirada a la desintegración social y a la crisis repetida de los valores humanos. Con una mirada donde no está ausente la comedia su film Gruz 200, prohibida en la televisión de su país por su excesiva violencia y por la cual tuvo el premio al Mejor director en el Festival de Cine de Gijón, es una burlona mirada a la Unión Soviética en tiempos en los cuales el gigante de pies de barro se desmoronaba. Época de crísis del mundo comunista que llegaba a su fin y empezaba a entremezclarse peligrosamente con los asesinatos despiadados. Brat, con el siempre certero Sergei Bodrov en el protagónico, es también la evocación del final, aquí sojuzgado por el nihilismo y la marginación en un ambiente de gangsters y muerte.
Pero indudablemente una de sus celebradas películas es la apenas conocida aquí Pro urodov i lyudey, con una historia que entremezcla en los principios del siglo XX a la pornografía dentro de un espiral digno de los melodramas y del folletin con indudables dósis de humor. La historia se centra en Johann, fotógrafo de desnudos non santos que une a dos familias rusas al interesarse en la doncella del doctor Stasov y en la hija del humilde ferrocarrilero Radlov. Ambientada en San Petersburgo, el clan de pornógrafos retrata el sadomasoquismo en sus instantáneas con bellas jóvenes doblegadas por una anciana senil. En este film, el ruso Balabanov se interroga sobre los límites de la imágen artística y logra plasmar en intención algo que, en la realidad, fue materia obligada del célebre fotógrafo checo Jan Saudek y su mirada a la decadencia como fin de una trayectoria artística.
Lo particular del cine de Balavanov, amén de su gusto por la desintegración social y el auge de la delincuencia, es la combinación que logra de estos con cierto espíritu romántico que subyace en sus obras. Brat,  éxito en su país, retrata a un soldado dado de baja en la ciudad de San Petersburgo contemporánea, y las hazañas que debe realizar en aras de la supervivencia. Brat 2, secuela luego del éxito, decididamente nos presenta a un asesino a sueldo.
La falta de dinero también pareciera ser materia de análisis en Mne ne bolno. La puesta en crisis del sentido de la vida recuerda las sensibles palabras de José Ingenieros recordando a Schopenhauer: "en sus Aforismos definió al perfecto filisteo como un ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los dogmatismos sociales: constantemente ocupado de someterse a las farsas mundanas".
No por nada Nikita Mikhalkov señaló que la obra de Balabanov está muy por encima de la del norteamericano Quentin Tarantino, con quién en diversas oportunidades se intentó homologar su producción.
FA 4777

Tom Tykwer - 3 (2010)


Otra película que trata de ir contracorriente, pero esta vez lo consigue: dos hombres que se enamoran de la misma mujer, abocado todo a una especie de “ménage-à-trois”, y llevado todo sin prejuicios ni didactismos. El director es el alemán Tom Tykwer, que se dio a conocer internacionalmente con “Corre, Lola, corre”, y después por proyectos en inglés como su mediocre adaptación de “El perfume”, rodada en Barcelona y Girona, aunque simulara que era Paris. Mezcla diversos estilos, es cine “de autor” reflexivo, toca incluso el lado científico, para mostrar la incomunicación, la atracción sexual e incluso la homosexualidad. Una pareja en crisis en el Berlín actual, Hanna (Sophie Rois) y Simon (Sebastian Schipper), él trabajador de una empresa que diseña aparatos para artistas y ella presentadora de televisión, se dan cuenta de que su relación está en la rutina más peligrosa para la misma. Ella, casualmente, conoce a un científico, Adam (Devid Striesow), del cual se sentirá atraída. Por otro lado, Simon sufre un golpe cuando su madre le comunica que padece cáncer terminal y morirá pronto. Él también descubrirá que padece otro cáncer, de testículos, y se salva con la amputación de uno de ellos. Pero el destino, ¡ay, el destino!, les reservará una jugarreta rocambolesca, ya que conocerán ella y él a la misma persona, que cambiará sus vidas para siempre. Tykwer mezcla asimismo varios estilos de filmación, como las escenas divididas en varios recuadros, como los monitores de televisión en donde vemos varios canales a la vez, y no se corta en varias escenas (la operación de extirpación cancerosa del testículo, por ejemplo, como si fuera un documental para estudiantes de Medicina), e incluso recurre al humor negro, muy alemán.

FA 4776

Arturo Ripstein - El castillo de la pureza (1972)


Convencido de que el mundo exterior es dañino para su familia, Gabriel Lima ha mantenido encerrados a su esposa y a sus hijos durante dieciocho años. Los días pasan menlancólicos, mientras la familia se entretiene fabricando un raticida en polvo que Gabriel sale a vender en las tiendas del barrio. El frágil equilibrio emocional de la familia Lima se rompe el día en que Gabriel se da cuenta de que sus hijos están despertando a la adolescencia.
Comentario:
Después de su accidentada experiencia con Los recuerdos del porvenir (1968), el cineasta Arturo Ripstein se involucró en varios proyectos de corte independiente antes de regresar a la industria con El castillo de la pureza, una de sus cintas más célebres. Para entonces el cine mexicano había sufrido cambios dramáticos, por lo que El castillo de la pureza terminó siendo una producción del estado a través de los Estudios Churubusco.
Iniciadora de una de las etapas más interesantes de la carrera de su director, El castillo de la pureza se basa en un hecho real acontecido en los años cincuenta, mismo que inspiró la novela de Luis Spota "La carcajada del gato" y la pieza teatral de Sergio Magaña "Los motivos del lobo". La CLASA de Manuel Barbachacho Ponce se interesó en producir la versión fílmica de la obra de Magaña, estelarizada por Dolores del Río y contrató a Ripstein para dirigirla.
Ripstein decidió escribir su propia versión de la historia en colaboración con el escritor José Emilio Pacheco. El proyecto se estancó cuando el director y la estrella no pudieron ponerse de acuerdo sobre quién sería el protagonista masculino. CLASA quiso cambiar de director, pero Ripstein había registrado el guión y decidió filmarlo por su cuenta. El estado decidió intervenir y la cinta comenzó a filmarse el 3 de julio de 1972.
En El castillo de la pureza, el cerrado universo ripsteiniano se materializa por primera vez gracias a una sobria dirección de actores y a la magnífica construcción escenográfica de Manuel Fontanals, un set que hizo historia por su magnificencia y extrema utilidad en posteriores producciones. La cámara de Ripstein, acostumbrada a elegantes movimientos, se mantiene sobria y eficaz, logrando transmitir la soledad y aislamiento de los personajes en inquietantes planos-secuencia.
La influencia de Buñuel y los guiños al cine de la época de oro son evidentes tanto en el tratamiento de la historia -un melodrama sobrio- como en la selección de los actores: Claudio Brook es el solitarioSimón del desierto (1965); Rita Macedo es la incondicional Andara de Nazarín (1958) y David Silva interviene en la trama de la misma manera que su inolvidable Roberto del Hierro aparece en la vida deUna familia de tantas (1948).
Película que sintetiza dos momentos importantes del cine mexicano, El castillo de la pureza es una de las mejores cintas producidas en nuestro país durante los años setenta y uno de los mejores ejemplos de la maestría de su entonces muy joven realizador.
FA 4774

Atom Egoyan - The Sweet Hereafter (1997)


El dulce porvenir
El poder de la imagen cinematográfica es inmenso. Los límites que la rigen no dejan de desdibujarse con el tiempo. Es fácil ser pesimista hoy en día, una mirada demasiado global o lejana al panorama cinematográfico actual decepcionaría al más eufórico de los amantes de la modernidad y hundiría en el poso de la depresión al melancólico amante del clasicismo. Como consejo para la salud del buen cinéfilo es indispensable la siguiente recomendación: no decaer y hacer del esfuerzo la primera norma de su conducta. Pareciera que aquellos que sentimos curiosidad por un cine generalmente mal llamado “diferente”, aquellos que pensamos que el cine puede ser algo más que una forma de ocio debemos emprender una labor casi arqueológica en busca de tesoros escondidos en recónditas cinematografías o en los cavernosos subterráneos de las grandes industrias, aquellos lugares en los que la idea de independencia creativa todavía resiste al ataque de la dependencia económica. Nos hemos convertido en vulgares imitadores de aventureros de película, románticos perseguidores de un sueño plano, incorpóreo e intangible. La diferencia yace en una pequeña diferencia de envergadura heroica. Nuestra aventura más común consiste simplemente en dejar pasar el tiempo y rezar porque una alma caritativa (léase distribuidor chiflado con espíritu suicida) nos permita gozar de una de esas joyas escondidas. Un poco más de mérito tiene el pegarse enfermizos atracones de materia fílmica en aquellos extraños oasis llamados festivales, en los que por unos días se nos permite bailar con zapatos de princesa antes de que las doce campanadas de la clausura nos despierten del sueño. Pero a ver, dejémonos de cursilerías, la realidad es que por cada una de esas extrañas maravillas de festival, te tienes que tragar más de uno de esos asquerosos bodrios de festival (sí, todos los que os hayáis zampado una muestra de cine deberéis confesar que allí habréis visto probablemente las peores películas de vuestro historial cinéfilo). Total, que me desvío demasiado del rumbo a seguir. Decía lo cada vez más difícil que es encontrar películas alejadas de la (nula) sensibilidad que promueve el mainstream.
Sin embargo, como anunciaban las dos primeras afirmaciones del presente artículo, soy una persona optimista que aún confía en el futuro del cine. Ese optimismo se basa, sin duda alguna, en la existencia de personajes, acertadamente llamados francotiradores, como Atom Egoyan. Exploradores que, a base de escrutar terrenos y paisajes periféricos, nos desvelan verdades capitales. Dentro del enorme campo de posibilidades, Egoyan escoge casi siempre caminos alambricados, como si el acceso a esas verdades que pretende desvelar requiriese de cierto número de obstáculos previos. Más que eso, Egoyan parte de la asunción de que solo es posible observar el espíritu escondido en los objetos, las personas y los paisajes a través de un prisma que genere imágenes caleidoscópicas que deformen la realidad enfrentándola a si misma. Las imágenes del canadiense de origen armenio buscan desesperadamente una explicación a su existencia, gusta de usar la yuxtaposición de situaciones narrativamente encontradas, y sin embargo lejanas en el tiempo o el espacio, también historias paralelas que evolucionan al compás o desfasadas, pero siempre en una relación simbiótica a través de la cual ir deshaciendo los nudos que obturan la comprensión de las narraciones y que allanan el camino para la aparición de una verdad superior.
El dulce porvenir es el análisis del impacto de la tragedia sobre la vida del ser humano. Y en un nivel metacinematográfico el estudio de las formas de representación de las emociones a través de la imagen. Ambos objetivos se van complementando y alimentando mutuamente formando un todo uniforme. Esa es una de las grandes virtudes del cine de Egoyan, esa lucidez para dotar de una impecable homogeneidad sus despedazadas narraciones. En este caso, esa característica es primordial para sofisticar el discurso que dará respuesta a la primera de las preocupaciones expuestas. En este caso la tragedia principal es la muerte, en el accidente de un bus escolar, de la mayoría de niños de un pueblo. Este hecho marcará inexorablemente la existencia de los habitantes del montañoso poblado y desvelará la debilidad de la aparente felicidad, bienestar y buena convivencia de la comunidad. También encontramos la tragedia en la vida de Mitchell Stevens, el abogado que intentará unir a algunos padres de niños muertos o lesionados por el accidente para denunciar el hecho ante los tribunales. Mitchell ha perdido a su hija en manos de las drogas y su frustración lo convierte en un ser desvalido de la capacidad de amar. Ante este planteamiento, Egoyan va escrutando con paciencia y manos de cirujano la intimidad de sus personajes. Liberado de la pesada carga de la linealidad narrativa, el director emprende un análisis profundo de la fragilidad de los pilares sobre los que se soportan sensaciones como la felicidad, el dolor, la tristeza, la alegría o la desesperación. Ante nuestros ojos encontramos emparentadas imágenes anteriores y posteriores al accidente, formando una nebulosa grisácea que tiñe de una hirviente y candorosa paz las imágenes de la tristeza de los padres de las victimas del accidente. Es éste sin duda el motivo del título de la película y del monólogo final de Nicole (maravillosamente interpretada Sarah Polley). La película se empapa de un tono difuminado que remite a la nostalgia por un pasado que siempre fue mejor, una melancolía filmada con exquisita belleza sobre un paisaje siempre nevado que favorece la temporalidad confusa del relato. El resultado sobre la sicología del espectador es curioso y plenamente buscado por el director. Finalmente, compartimos junto a los habitantes de la película ese dulce porvenir que les toca afrontar, sumidos en una tristeza blanca y melódica que parece inevitable. La huella del tiempo y la amenaza de la muerte son armas incontestables. En la alegría de vivir late también el dolor de la pérdida y la muerte y esa es la gran verdad que yace en las imágenes de la película.
En la película se producen continuas apariciones de los padres de las victimas del siniestro, así como de Dolores (la conductora del autobús escolar), junto a fotos en las que se pueden ver bellos retratos de sus hijos muertos, convertidos tras la tragedia en presencias fantasmagóricas. Egoyan se apoya en esa manera tan propia y precisa de desgranar sus historias fragmentadamente para convertir sus imágenes en metáforas cargadas de significado. En un solo plano, aquel en el que recorremos el autobús en el que viajan los niños del pueblo mientras estos juegan y gritan, podemos percibir toda la carga dramática y la tesis estética que nos propone el conjunto de la película. Los niños que vemos no están vivos ni tampoco muertos, flotan alegremente en un tiempo flotante que les permite sobrevivir en un sinuoso y brillante letargo. El carácter fantasmagórico y tétrico a la vez que bello y dulce no solo podemos captarlo gracias a la información que se nos ha otorgado previamente, sino que existe en las imágenes un contenido dramático intrínseco, que proviene tanto de la planificación de la escena (el travelling frontal insinúa una mirada ajena, pero acogedora, casi como si algo divino acogiese a los niños en sus brazos) como de la fotografía (intensamente brillante) y la banda sonora (una melodía en la que las notas se sostienen prolongadamente intensificando la naturaleza onírica de la imagen). Pues como esta, tantísimas otras. Podría pensarse en El dulce porvenir como en una pared llena de fotografías, como un collage en el que se mezcla el pasado y el futuro, una colección de imágenes en las que las imágenes del futuro buscan consuelo y salvación en las fotografías de la felicidad pasada, pero en la que también se invierten los papeles y el pasado convive con unas fotografías en movimiento futuras que le advierten de la fragilidad de sus normas.
Para ir acabando, y como exposición del talento narrativo de Egoyan, gran guionista además de director (aunque la originalidad del guión de El dulce porvenir la comparta con una novela de Russel Banks), me gustaría analizar brevemente el trato que se le da en la película a la fábula del flautista de Hamelín. Partiendo de la base de que todos los lectores conocerán el relato, vayamos descifrando las múltiples relaciones que se establecen entre este y el guión de Egoyan. Sin ningún orden concreto, empezaría refiriéndome a un paralelismo en el que los niños del pueblo de la película se identificarían con los niños de la fábula, ambos alejados de los brazos de sus padres, llevados a un lugar imposible (el fondo de un lago congelado o el interior de una montaña mágica) de la mano del flautista de Hamelin. Lo que resulta menos obvio es quien juega el papel del flautista en la película, podría ser Dolores como conductora del bus o una fuerza impulsora del destina fatal de los niños. Otra referencia la podemos encontrar en el personaje de Mitchel Stevens (un correcto Ian Holm) que como el flautista hace con los niños de la fábula, intenta embaucar a los habitantes de la película para que le sigan en su ansia de dinero utilizando despiadadamente la fragilidad que el dolor de la tragedia ha llevado a sus vidas. Escarbando y rebuscando en los diálogos de la película podría encontrarse otra posible conexión, según la cual la gente del pueblo se vería emparentada con el personaje del flautista cuando éstos, furiosos y desorientados, clamasen venganza por la muerte de sus hijos, igual como el flautista se siente injustamente tratado cuando no se le paga por la desratización del pueblo. Por último encontramos la relación entre filme y fábula que acapara la mayor parte de la atención durante el último fragmento de película, aquella según la cual podemos observar a Sam embrujando a su hija (Nicole), abusando sexualmente de ella mientras le hace promesas apasionadas, convirtiendo su historia en un cuento de hadas, un cuento de pajares iluminados con velas. Como el flautista, Sam conduce a su hija a la perdición sin el conocimiento de esta, solo la tragedia, de la que es la única niña superviviente, permitirá que Nicole, al igual que el niño cojo que se queda solo fuera de la montaña que engulle a los demás niños de la fábula, adquiera conciencia de una realidad triste y decepcionante. Cabe apuntar que Egoyan se mantiene cuidadosamente distante del conflicto moral que suscita un tema como el incesto, y así Nicole no se vuelve en contra de su padre como un castigo por sus abusos, sino por no cumplir las promesas que un día le hizo, por no seguir amándola como la amaba. Esta es una interpretación particular, pienso que también es posible una interpretación más moralista de esta parte de la película.
Imágenes sin tiempo ni lugar, Atom Egoyan se siente cómodo bordeando los límites que rigen la materia cinematográfica. Demos gracias por ello.

FA 4773

Albert Serra - Honor de caballería (2006)


“La vida es un camino de tristezas”, dice el Quijote a Sancho
Adaptación libre de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, Honor de Cavallería propone el quietismo y la contemplación como fundamento de un viaje fílmico. El director Albert Serra llega al cine desde el territorio de las letras, y aborda el texto dejando de lado preconceptos narrativos. Por eso es mejor no esperar una estructura clásica en esta construcción de un Quijote y un Sancho en ocupado vagabundeo por la naturaleza. Serra utiliza para las interpretaciones a LLuís Carbó y Lluís Serrat, actores no profesionales con los que rescata y homenajea la tradición de Passolini y Bresson.

Los diálogos son casi monólogos del Quijote, que atienden temas de caballería, espirituales o prácticos. No se muestran las aventuras, sino la reflexión sobre ellas, y aunque de tanto en tanto, y sin mayor explicación se cruzan en el camino con otros jinetes, sustancialmente asistimos a una expedición de dos compañeros solitarios. El viaje es interior, los silencios y las meditaciones forman la esencia del discurrir de los protagonistas. Un caballero cansino pero idealista. Un escudero retraído que acompaña al Quijote con fidelidad. Tal vez comparte con el Sancho de Franz Kafka ese sentido de cierta responsabilidad que lo llevó a seguir a su incontenible demonio –al que después dio el nombre de Don Quijote- en sus andanzas. Entre ambos, el interrogante, explicitado por un viajero que se encuentra con ellos: ¿Qué sería de Sancho sin el Quijote? ¿Podría, quizá, como le sugiere alguien, abandona al Quijote para construirse una casa y llevar otra vida? No hay respuesta, tal vez porque sería imposible la existencia de uno sin el otro. Poseedores de un vínculo indisociable, se saben vencedores vencidos (“hemos triunfado, Sancho, pero igual me siento triste”); caballeros condenados al camino errático y al recogimiento. Como escribe Walter Benjamín: “ser hombre o caballo, eso ya no importa, lo importante es deshacerse de la carga depositada sobre la espalda”.
Una adaptación libre tal vez sea eso, mantener un principio o un valor que no es transferible en la traducción. Si una –toda- traducción es una traición, acaso un quijote trasladado a imágenes sea imposible, y de ello dan cuenta los numerosos intentos. Desde el Orson Welles inconcluso, al Terry Gilliam perdido en La Mancha. Pero Albert Serra se aparata de la novela para conservar una identidad inmanente a la obra. Así cómo en el libro de Cervantes la melancolía era hacia el mundo disoluto de la caballería medieval, el andar del film deja la sensación nostálgica de algo perdido: la inconmensurable unidad del hombre con la Naturaleza. No es casual que todo el rodaje se concrete en escenarios naturales y que en las imágenes no aparezca ninguna construcción humana. El viejo tonto serio y su asistente incapaz refrescan sus cuerpos en un lago, duermen tendidos en el pasto, y deambulan por el campo, peligrosamente inofensivos.
Sin Dulcinea ni molinos de viento, en la película resalta la ausencia de criterio comercial. En contraposición, su libertad creativa la coloca en las márgenes, condenada a vagar por festivales y por las mentes quijotescas que la sigan en su aventura.
FA 4771

Andrzej Jaroszewicz - Diabel (1972)


Diabel
Año: 1972
País: Polonia
119 min.
Fotografía: Andrzej Jaroszewicz
Música: Andrzej Korzynski
Guión: Andrzej Zulawski
Reparto: Malgorzata Braunek, Michal Grudzinski, Iga Mayr, Monika Niemczyk, Wojciech Pszoniak, Wiktor Sadecki
El film que reveló internacionalmente el talento paroxístico y las maneras espásticas del genialoide Zulawski tanto por suponer un éxito rotundo (en los muy activos circuitos del “arte y ensayo” de la época claro) como por forzar su primer exilio de Polonia, el segundo sería como consecuencia de ese film reconstruido que es “En el globo plateado” (realizado en el 1977 y rescatado una década después con un montaje que incluye pasajes narrados), indescriptible epopeya de ciencia –ficción misticoide de tres horas de duración, escenografía alucinada, discurso desbordante (sobre la creación de la civilización, nada menos) y ultraviolencia primitivista.
En este caso su peculiar impronta visual y su alucinatorio trabajo con los actores, algo así como una colisión entre abstracción y naturalismo barroco con cámara en mano y “happening” situacionista en un estado de conciencia definitivamente alterado, entre hipidos, soliloquios a gritos y accesos epilépticos (sic.), una constante contraposición entre fealdad/belleza, vicio/virtud en un combate a muerte en el cuerpo físico tanto de la imagen como de los intérpretes (no está lejos de los planteamientos de Werner Herzog o de las vanguardias teatrales de la época), encuentra acomodo en las elásticas fronteras del fantástico, quizás el lugar natural del talento del polaco y donde anida otro título tan aterrador y desquiciado como “La posesión”, psicodrama sexual en el que Isabelle Adjani es infiel a su marido Sam Neill con una viscosa criatura preternatural en una sórdido edificio, y esto solo para empezar.
Un joven soldado es liberado por un misterioso individuo, probablemente el diablo “in person” de barba roja, figura contrahecha, cojera (recordar como el diablo o un diablo más bien es representado en muchos mitos como “el diablo cojuelo”) y ropa negra que lo acompañara en su viaje con la intención de sonsacarle los nombre de una serie de correligionarios a los que debe traicionar para salvarse.Esto en teoría, claro por que lo que se pretende no es otra cosa que una alegoría sobre la Polonia pasada y presente a través de un viaje (como todos, de conocimiento y en este caso además de introspección a ser “hacia atrás”) al centro mismo del mal, la locura y la pureza, un territorio que pertenece tanto a la sangre como a la mente, repleto de simbolismos (la navaja, los equilibristas,…), psicoanálisis pasado de rosca (la presencia del incesto), metaficción y juegos de espejos (la representación de Hamlet que comenta la trama, de igual modo que en Hamlet hay una representación que comenta la trama), delirios teológicos de todo pelaje,…; un purgatorio espantoso y extrañamente bello en el que se trata por igual, a la vez, sin la menor reflexión y del modo más exaltado posible sobre el amor, la muerte, la traición y la existencia misma, con la libertad y el alma como premio. En muchos aspectos no deja de ser la típica empanada centroeuropea de arte y ensayo que causaba estragos en los 60/70, pero Zulawski logra superar cualquier limitación en virtud de un “look” lisérgico y adictivo (al que no es ajeno su brutal banda sonora) y a su descarado afán escandaloso, con desnudos cada dos por tres y violencia gráfica a paladas.
FA 4770

Alain Jessua - Traitement de choc (1973)



Tratamiento de shock

 Pese a que Hélène Mason es una mujer de éxito nota el paso del tiempo y frustración de envejecer. Convencida por su amigo Jérôme decide ingresar en la exclusiva clínica del doctor Deviliers, un idílico complejo de salud entre acantilados en la costa francesa. Poco a poco, la extraña actitud de los jóvenes portugueses que trabajan en el centro, el turbio suicidio de su amigo no hará más que incrementarlas y la indiferencia que todo esto provoca en el cerrado círculo de clientes levantan las sospechas de la protagonista, que cuando quiera interrumpir su tratamiento y abandonar la clínica será obligada a continuar solo para descubrir la verdad siniestra que se esconde tras la obsesión por la belleza y la juventud.


La verdad es que poco puedo aportar en relación a un director tan desconocido como Alain Jessua más allá de consignar que su esplendor crítico, centrado principalmente en sus cuatro primeras películas, fue tan fulgurante como su declive. Tratamiento de shock fue su mayor éxito comercial, siendo la primera estrenada en España (con múltiples cortes) y el primer paso hacia un olvido que, vista la película tampoco se puede decir que sea totalmente injustificado.
   Ciertamente, no carece de virtudes ni de interés y es, en conjunto, un trabajo agradable y disfrutable, más por lo que cuenta que por como lo cuenta. Visualmente resulta un tanto apagado, formulario, sin el nervio plástico necesario para tensar la paranoia de una historia que reincide, de modo oblicuo, en la moda sobre los personajes femeninos en conflicto (vital, sexual, psicológico) que vehiculaban su neurosis a través de maliciosos artefactos de suspense y terror. Con fecha de nacimiento en la fundamental La semilla del diablo (1968) de Roman Polanski —por mucho que el francopolaco ya hubiese ensayado el «género» con Repulsión tres años antes, fue el impacto taquillero de esta obra maestra el que descubrió la veta— esta variedad se extendió rápidamente a los territorios del giallo, o guarrigiallo en feliz definición de Carlos Aguilar, con los filmes de Sergio Martino para/con Edwige Fenech (principalmente, La perversa señora Ward en 1971 y Todos los colores de la oscuridad en 1972) y también a fronteras tangentes con el comentario social y la ciencia-ficción, caso de la superlativa Huellas de pisadas en la luna (1974) con la gran actriz brasileña Florinda Bolkan y autoría de un director de carrera corta y talento mayúsculo como fue Luigi Bazzoni, la recuperable The Stepford wives (1975) que realizara Bryan Forbes con protagonismo de la fabulosa Katharine Ross. En esta corriente se incrusta la película de Jessua, que reparte protagonismo entre Annie Girardot y un maligno Alain Delon (reunidos doce años después del Rocco y sus hermanos de Luchino Visconti) en un raro papel de villano sin escrúpulos donde el encanto tenebroso y el enorme magnetismo físico del divo funcionan a la perfección. En muchos aspectos bien se podría hablar de esta película como pieza de una posible (y bien real) politique des acteurs, en el sentido de que no le pertenece tanto a Jessua como a su dúo protagonista, miembros de ese star systemeuropeo.
   Si, como ha quedado dicho, formalmente la cinta presenta pocos estímulos, principalmente la dialéctica entre el primitivismo latente de la historia (esos cantos y percusiones que invaden la banda sonora) y el pulcro diseño de su arquitectura e interiores, que incluye citas a la serie de culto El prisionero en esa comunidad idílica, ese centro de vacaciones eternas del que no se puede escapar. A partir de esta oposición se construye la parte más interesante, un discurso atravesado de humor negro y vitriolo social. El doctor Devilers, regresado a la civilización después de conocer lo salvaje, después de viajar a la esencia depredadora del hombre, controla una tribu de elegidos (ese momento en el que sobrevuela sus posesiones con una avión igualando a ovejas y humanos), representantes de una clase alta perpetua y vampírica que se levanta, literalmente, sobre la carne y la sangre de los trabajadores a los que consume, devora y remplaza. Un discurso un tanto burdo, simplificado para hacerlo caber en un formón de género saturado de metáforas obvias, pero tampoco carente de verdad y mucho menos de efectividad. Para Alain Jessua la lucha de clases tiene dientes y los usa.•

FA 4769

Alan Rudolph - The Moderns (1988)


El arte se enconde en cada esquina y a veces, muy seguido, lo dejamos escapar entre las cosas que nos tocan a  la puerta cada día. Esperé más de una década en frente de televisores y listados de cine-clubs para ver una peli que me atraía poderosamente por su nombre ya desde niño: Los modernos. Al fin cayó en mis manos y entonces fue el temor. La meto en el reproductor o no? espero a saber algo más sobre ella? Nunca quise saber nada de este film; quise permanecer ignorante hasta verla y valió la pena. No pude verla en su tiempo pues no tenía la edad mínima. Todavía sospecho mí minoría de edad para este tipo de argumentos pero, aún así, hubo que medírsele. Quedé estupefacto. Tanto tiempo entre libros y gente que sabe de arte y literatura pero nadie me habló jamás de ella. Los modernos es sin duda una oda a esa generación de entreguerras que hizo más luminosa pero decadente a París. Es un entremés para entender el arte moderno y las vanguardias que se gestaron en estas calles de bohemia y desazón a principios de siglo. Llena de estética hasta el hartazgo, esta historia lo deja a uno con ganas de que el carrete no se acabe nunca; que nos siga contando y enseñando cosas. Sencilla pero impecable, Los modernos anidará en quien pueda verla;  esa sensación de que el tiempo no le pasó factura a la historia y que como relato es deliciosamente infiel a la verdad y por eso es Cine. Qué digo, literatura que pasa rápido frente a mis desacostumbrados ojos.

Por Alejandro Torres.
FA 4768

Bahman Ghobadi - Las tortugas también vuelan (2004)



Título Original: Lakposhtha hâm parvaz mikonand

Género: Drama
Dirección: Bahman Ghobadi
Guión: Bahman Ghobadi
Producción: Mij Film
Duración: 95 min.
Países:Irán e Irak.
Año de producción: 2004
Reparto: Avaz Latif (Agrin), Soran Ebrahim (Kak Satelite), Hiresh Feysal Rahman (Hangao), Saddam Hossein Feysal (Pasheo), Abdol Rahman Karim (Rega), Ajil Zibari (Shirko).


Sinopsis: Los habitantes de un pueblecito del Kurdistán iraquí, en la frontera entre Irán y Turquía, buscan desesperadamente una antena parabólica para conseguir noticias acerca del inminente ataque de Estados Unidos contra Irak. Un chico mutilado, que viene de otro pueblo con su hermana y el hijo de ésta, tiene una premonición: la guerra está cada vez más cerca. Mientras la vida en el campo de refugiados continúa y los niños guiados por un muchacho llamado Satélite, sobreviven gracias a la venta de minas antipersonal que abundan en la zona.
FA 4767

Philippe Garrel - "L'enfant secret" (1982)

Anne Wiazemsky está al final de "L'enfant secret" (1982) encogida y sin poder hablar, lo intenta pero sólo balbucea, escondida tras sus melena larga, su abrigo y las gafas de sol, su rostro es un esbozo. Diez años antes Françoise Lebrun en "La mama et la putain", con las facciones marcadas, más desnuda, expulsaba frente a cámara un sufrimiento irrefrenable, exponía un estado de angustia al que intentaba dar forma, una amargura que no parecía tener un origen definido. Aparecían al final del metraje todos los reproches que había estado guardando en cada minuto de la película, mientras que Wiazemsky, sin variar una expresión que ya conocíamos, sólo puede suplicar, suplicar que no la abandonen. Eustache filmaba de frente las marcas de su icono postsesentayochista, enfrentado cara a cara en la misma cama que ella, parecía grabarla sorprendido por la catarsis que acontecía; pero Garrel está lejos, fuera de la escena filmando a su icono generacional, desamparada tras el cristal de la cafetería.

Otra, otra maldita película sobre generaciones perdidas. Parece que no ha habido generación que haya podido encontrar sus sueños durante la juventud.

Otra, otra película de Garrel sobre el desencanto, otra que no se borra fácilmente.



FA 4766

miércoles, 6 de junio de 2012

Béla Tarr - Kárhozat (1988)



Kárhozat (La Condena) 1988 – Béla Tarr


Karrer lleva una vida retirada en una población minera. Las tardes las pasa siempre en el bar Titanik, cuyo dueño le propone participar en una operación de contrabando, pero él prefiere cederle ese trabajo al marido de la cantante del bar. (FILMAFFINITY)

Navegando por la red, hará cerca de un año, me topé con un director del que antes nunca había oído hablar: era el húngaro Béla Tarr. Recuerdo haber leído bien acerca de él y que su estilo podía recordar al de Andrei Tarkovsky, realizador realmente admirado por un servidor. Con esto y habiendo visto un par de fotogramas de sus películas, comencé a buscar hasta hacerme, en DVD, con uno de sus logros más reconocidos, la maravillosaWerckmeister Harmóniák(traducida al español comoArmonías de Werckmeister); seguidamente vi un corto por youtube, y, hace unos días, me hice con Kárhozat (La Condena), de la que pretendo hablar en esta entrada.


No sé si porque la primera vez me cogió un mal día (algo que por desgracia suele ocurrir), porque la película así lo requería, o bien por las dos cosas; la tuve que ver dos días seguidos. El primer día me costó entender alguno de sus elaborados diálogos y acabé con una idea algo borrosa del filme. Sin embargo, y para mi sorpresa, el segundo visionado me hizo disfrutar como pocas veces de una película. Entendiendo esta vez, no sin esfuerzo en ocasiones, sus conversaciones, de las que te das cuenta de su grandeza y del papel tan importante que tienen en el largometraje.
Como el propio Tarr ha dicho, La Condena tiene un argumento bastante sencillo. Un hombre llamado Karrer pasa la mayor parte del día en bares. Su amigo, el dueño de un bar, le propone un trabajo clandestino para el que es necesario salir de la ciudad. Karrer decide pasárselo al marido de una bella cantante de la que está enamorado.


Onírica, poética, desesperanzadora, triste pero nunca autocompasiva; la película trata de la fugacidad de la vida (“Tengo que observar el lastimoso esfuerzo de la gente al intentar hablar antes de que caigan en su tumba. Pero no hay tiempo, porque ya están cayendo.”), los amores no correspondidos, la inmensa soledad en la que viven algunos de sus personajes y cómo esto les destroza; en definitiva, del puro y absoluto fracaso existencial.
Todo esto a través de lentos planos-secuencia minuciosamente organizados; una bellísima fotografía en blanco y negro en la que abundan la niebla, la lluvia y perros callejeros (de los que el director dice que son tan protagonistas como los demás personajes); la melancólica banda sonora de Mihály Vig (asiduo colaborador de Béla Tarr), una actuación enigmática y sin fallos por parte de los actores, y los ya comentados profundos diálogos. Conjunción que deja en la película secuencias que provocan sensaciones indescriptibles, pero ante todo belleza, como en la que la seductora y misteriosa cantante actúa en el bar Titanik, la de la gente mirando la lluvia en la puerta de un local mientras no escampa, o la de la fiesta cerca del final. Así, aunque quizás no sea la mejor del director (quién originalmente quería ser filósofo),La Condena se erige como una obra maestra, si bien no está hecha para todo el mundo como suele ocurrir con las obras más radicales.
Por último, la anciana en una ocasión dice lo siguiente: “Créeme, no hay nada como encontrarse mutuamente cuando hay música que reconforta el corazón. Dos manos que se cogen, un pie siente donde pisará el otro. Y le sigue, sin importar dónde le guíe el otro. Porque se cree que cada giro y vaivén será como volar a partir de ahora. Quién sabe. Quizá es volar.” Pues bien, para mí verKárhozat es volar.
Por Chino Volador para “Cuadro a Cuadro”.

FA 4749


martes, 5 de junio de 2012

Werner Herzog - Wo die grünen Ameisen träumen (1984)


Donde sueñan las verdes hormigas 
En un remoto desierto de Australia, viven dos tribus aborígenes, los Worora y los Riratjingus, que se esfuerzan denodadamente por conservar una cultura de cuarenta mil años de antigüedad, con sus costumbres, ritos y leyendas sobre la creación del hombre y la naturaleza. El conflicto surge cuando un consorcio minero se propone extraer uranio dentro de su territorio, en un lugar sagrado para ellos llamado "Donde sueñan las hormigas verdes". Es la rebelión del mundo del espíritu contra una civilización groseramente materialista que lo quiere todo y que no comprende nada. 
El hombre blanco no respeta lo conocimientos ni las tradiciones de cuantos llama salvajes. Mientras porta el estandarte de su civilización como la más justa forma de concebir la vida, ese hombre blanco destruye culturas y vidas humanas. Carece de sensibilidad para entender otra formas de percepción: ha leído cuantos libros él mismo ha escrto, decidiendo que en ellos se conserva toda la sabiduría posible. Nada le importa la sabiduría que anida entre esos supuestamente salvajes.Werner Herzog ha realizado Donde sueñan las verdes desde ese punto de vista. Sitúa dos tribus aborígenes australianas frente al grupo de técnicos europeos que debe explotar el terreno que habitan en busca de un preciado uranio. Los indígenas tienen sus propios símbolos, su forma de entender el paisaje, los ruidos y los horizontes. Nada tienen que ver esos conceptos con los que al hombre blanco le importan. Son pacíficos y, por tanto, no luchan con los medios que aportan los blancos. Son hombres que sueñan, o que heredan los sueños de otros como si fueran suyos. De alguna manera sufren idénticas sumisiones a las que los hombres blancos les aportan. Por tanto, defienden las que conocen.
Algunos de los técnicos europeos comprenden la postura de los aborígenes. Otros, en cambio, las rechazan, con la estúpida presunción de cuantos comulgan con la propaganda oficial: "Si mi país está en la órbita de los poderosos tiene la razón absoluta; yo soy mi modelo, luego soy el mejor".
Donde sueñan... fue presentada en el último festival de Cannes. La expectación por conocer la más reciente película de Herzog fue paralela a la breve decepción que produjo su trabajo. Cierto es que cuanto la película presenta responde a la mentalidad de los espectadores. Pero tan cierto como su búsqueda entre los reales rostros de las víctimas australianas, su afán por conectar con una clara representación de esa realidad cotidiana que ni siquiera es registrada en la nómina de los colonialismos sensibilizó a los espectadores sólo en su planteamiento.
Aun cuando las imágenes de la película alcancen una evidente belleza con las expresiones vivas de los auténticos protagonistas, su modélica resistencia y su seductora mística, la película daba la impresión de abundar en lo obvio. Las circunstancias dramáticas del filme no participan de la sorpresa de otras obras de Herzog, un autor tan personal como a veces hermético. La fascinación que pueden provocar algunos de sus planteamientos (También los enanos empezaron pequeños, Aguirre o la cólera de Dios, El enigma de Gaspar Hauser, Nosferatu, Fitzcarraldo ... ) se repite, ciertamente, pero sin la ambigüedad anterior.
El aspecto documental de Donde sueñan las verdes hormigas es una prueba de la honradez del autor, tan cautivado por la realidad que filma como presuntamente debe de estarlo el espectador. Es lícito y admirable que un cineasta de estética tan personal rompa con sus adjetivos habituales, aunque sólo sea en cierto modo. Sólo es reprochable que no haya investigado en descripciones nuevas. Cuanto se contempla en los 100 minutos de proyección compromete e interesa. Sólo que, concluida la muestra, el enriquecimiento puede parecer menor de lo que en Herzog era de suponer. A juicio de muchos, Donde sueñan las verdes hormigas era lo conocido sobre lo obvio. (Diego Galán, tomado de El País)
"La gente muchas veces me dice que todos mis personajes protagonistas son lo que se llama marginales o outsiders, pero yo siempre he creído que una figura como Kaspar Hauser no era un outsider. Él está en el centro; él se las arregla para conservar su impoluta dignidad humana mientras todo el mundo a su alrededor parecía ser tan horriblemente condicionado. Esta gente, transformada como está en cerdos domesticados o miembros de la sociedad burguesa, son los bizarros, no Kaspar."Werner Herzog
FA 4760