La frontera del alba
Carole es una estrella de cine que vive sola.
Su marido trabaja en Hollywood y la tiene desatendida. Un fotógrafo llega a su
casa para hacerle un reportaje para un periódico.
(...) En La frontera del alba, además,
como en otras de películas, los detalles autobiográficos no se quedan en la
base del argumento, sino que llevan sus tentáculos hasta situaciones y acciones
concretas, aunque sea mediante una traslación a otros personajes: sin ir más
lejos, parece que Garrel fue sometido a un tratamiento de
electroshock, algo que sufre la protagonista de la película, en una escena
montada en dos planos breves y sugerentes, como una anáfora que acrecentara la
sordidez de la rima. Estos juegos hacen de su cine un inabarcable tapiz de
sensaciones vívidas, provocando que las películas de Garrel sean,
como dice Miguel Marías, ejercicios completamente artísticos pero no
impúdicos.
Un arriesgado paso en la última película del director francés está en ese coqueteo con el fantástico, algo que parece completamente alejado de su íntimo y realista mundo personal, pero que tiene mucho que ver con él en tanto en cuanto se muestra como una trasposición de los miedos, los remordimientos y las frustraciones del protagonista. ¿Podía haber hecho Garrel algo que hubiera evitado la muerte de Nico? ¿No será inevitable, aunque esté absolutamente libre de culpa, que un reflejo de esa mácula quede en lo más hondo de sí mismo? ¿Por qué ese tormento sigue sin decrecer con el paso de los años? ¿Un exagerado peso de la conciencia? O más bien, ¿no será que su sensación no viene de un supuesto sentimiento de culpa por la muerte sino del remordimiento por no haberle hecho disfrutar de otra manera los años que compartieron? ¿Es posible amar lo suficiente? O mejor, ¿es posible demostrar el auténtico amor que se siente por alguien? ¿No es el remordimiento el único sentimiento puramente humano, el único del que nadie está libre aun siendo objetivamente el más inocente?
Lo que Garrel plasma en pantalla es esa sensación de fragilidad que algunos seres (¿los más sensibles, los más egoístas, los más conscientes de la debilidad humana o los que sólo pueden vivir de la duda y la frustración?) experimentan y que puede convertirlos en víctimas si no la saben controlar, o si no conocen a nadie que no la sepa controlar. Claro, para eso es necesaria una generosidad tan grande que permita amputar un miembro de uno mismo para mantener con vida a la otra persona.
Un arriesgado paso en la última película del director francés está en ese coqueteo con el fantástico, algo que parece completamente alejado de su íntimo y realista mundo personal, pero que tiene mucho que ver con él en tanto en cuanto se muestra como una trasposición de los miedos, los remordimientos y las frustraciones del protagonista. ¿Podía haber hecho Garrel algo que hubiera evitado la muerte de Nico? ¿No será inevitable, aunque esté absolutamente libre de culpa, que un reflejo de esa mácula quede en lo más hondo de sí mismo? ¿Por qué ese tormento sigue sin decrecer con el paso de los años? ¿Un exagerado peso de la conciencia? O más bien, ¿no será que su sensación no viene de un supuesto sentimiento de culpa por la muerte sino del remordimiento por no haberle hecho disfrutar de otra manera los años que compartieron? ¿Es posible amar lo suficiente? O mejor, ¿es posible demostrar el auténtico amor que se siente por alguien? ¿No es el remordimiento el único sentimiento puramente humano, el único del que nadie está libre aun siendo objetivamente el más inocente?
Lo que Garrel plasma en pantalla es esa sensación de fragilidad que algunos seres (¿los más sensibles, los más egoístas, los más conscientes de la debilidad humana o los que sólo pueden vivir de la duda y la frustración?) experimentan y que puede convertirlos en víctimas si no la saben controlar, o si no conocen a nadie que no la sepa controlar. Claro, para eso es necesaria una generosidad tan grande que permita amputar un miembro de uno mismo para mantener con vida a la otra persona.
Y sobre esta plasmación de la fragilidad,
nadie ha sido nunca tan sagaz, incisivo, sutil y poético como Philippe
Garrel. No es sólo rastreando los sentimientos en el rostro humano, algo que
sólo Bergman ha sabido leer como él (desde una óptima y de una manera
muy diferentes, por supuesto; parece como si Garrel tamizara la
visceralidad deBergman con la pureza y elegancia de Bresson), sino
abriendo la expresión íntima a la expresión del cuerpo, mostrando lo que cada
mínimo gesto es capaz de revelar, moviendo un encuadre al ritmo de una emoción,
buscando en la elipsis o en el reflejo de una mirada o de un cuerpo agitado por
el suelo la expresión más pura de la vida. Recuerdo el personaje de Michel
Piccoli en La bella mentirosa (1991), y pienso que no debe ser
muy diferente el trabajo de Garrel con sus actores, porque Garrel es
un pintor de actores, un compositor de sentimientos, un escritor de miradas y
un arquitecto de encuadres. Cuando es necesario, se muestra cálido y cercano,
cuando no, frío, cortante, elíptico, embargado por el espíritu bressoniano,
como en muchas de esas escenas fundamentales que ocurren fuera de campo o se
sugieren sin nombrar. Como el silencio, que al ser nombrado
desaparece. (...) (El
dormitorio de Maud)
"La verdad se alza con el cuerpo de los
niños."
“En la vida no hay que mirar atrás, sino pasar página.” Philippe Garrel
“En la vida no hay que mirar atrás, sino pasar página.” Philippe Garrel
FA 4973
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